Crónicas de la calle/Rigoberto Hernández Guevara
Alguna vez vine aquí a Victoria con mi padre. En el segundo piso del mercado Argüelles ya
estaban las fondas de hoy. Quizás eran más populares, la competencia más dura y aveces
desleal. Los ejidatarios solían almorzar en este sitio, y en la planta baja rentar revistas que
después les permitiera presumir su estancia en Ciudad Victoria.
Recuerdo el camino real a Tula entre los cañones bajo la gran cordillera de la Sierra Madre
Oriental. Por cientos de años fue el único paso para quienes venían del centro del país. El
camión era un chevrolet quizás de 1940 color verde, que se bamboleaba por la carga y las
irregularidades del camino.
Luego de un pequeño túnel que pasamos ya amanecido, después de un puente de madera y
troncos, vimos el enorme resplandor de ciudad victoria. Venimos de un pueblo que no conocía
la luz eléctrica. Nosotros chiquillos amontonados sobre el capacete frío del camión vimos la luz
de los postes. Había líneas de autobuses procedentes del día pero no era nuestro caso.
Llegamos en el mismo camión de redilas que surtía mercancía a la pequeña tienda del pueblo.
Olía a gasolina y entre la gente me llevaban en brazos para que fuera viendo todo. Las luces
comenzaron a bordar el horizonte y entramos de lleno por Tamatán al crucero del tren y la calle
democracia que nos internó al centro.
Recuerdo la plaza Hidalgo donde bajamos con las maletas y cobija en tierra comenzamos a ver
para todos lados. A media cuadra del 8 Hidalgo estaban los autobuses con destino a Tampico.
La ciudad olía a nuevo y se distinguía de un olor dulce del bisquete. El día, por alguna razón
desconocida por mi, hasta la fecha es más largo aquí todavía.
Eran autobuses con aerodinámica ovalada flecha roja y los Oriente con su baño
constantemente ocupado y tenías que sacar la cara por la ventanilla para tolerar la insoportable
levedad del ser. Arriba del autobús iban gallinas, puercos, rastrojo, quesos, crema que traída en
jarros desde San Luis.
Antes de partir a Tampico el tiempo nos dio minutos para andar en el centro viendo todo. En un
establecimiento de juguetes y regalos entre las calles 12 y 13 Hidalgo probé un triciclo. No me
lo llevé pues estaba trabado con una cadena junto con otros triciclos para niñas y niños. En el
silencioso llanto de esa cuadra desistí. No hubiera podido como quiera. Mi padre tal vez no
traía dinero. “Esperate a Tampico y te compro una bici” . Debió decir mi jefe que hablaba poco
pero contundente. Si no entendí fue culpa mía. Ya grande yo mismo compré mi primera
bicicleta Búfalo.
Pero recordar, siendo una forma de literatura, la mente dibuja el espacio y la mente acaso
traicionada por el inconsciente da cuenta, imagina, lleva al fondo lo que había en Ia superficie.
Recuerdo la humedad del hotel en Tampico. La alfombra café bajo mis pies descalzos. El
silencio de un cuarto piso en el hotel Rivera, una calle pronunciada rumbo abajo, al nivel del
mar y los mariscos y el corte a la tampiqueña y la gente incansablemente poeta y porteña.
Como viajeros en el tiempo ya no volvimos al pueblo. De Tampico volvimos a Victoria. En
Tampico dejé una pelota en el tranvía. Prometí volver por ella. Ya grande pienso en ello. Otras
veces hemos vuelto al pueblo de nuestra procedencia pasando ahora por la nueva carretera y
hoy por la Rumbo Nuevo de cuota. Pero el pueblo se estacionó en aquellos años y la gente, al
parecer, siguen siendo la misma. Los hijos con los apellidos de siempre.
Victoria en cambio creció para todos lados y de la carretera entre la montaña quedan algunas
piedras que anunciaban por donde iba el viejo camión de redilas, como una luciérnaga llegando
a Victoria.
HASTA PRONTO





