INTERIORES/Carlos López Arriaga
Cd. Victoria, Tam. Desde la apartada mesita de cantina, el chavo de la laptop teclea
preocupado. Un hombre mayor lo observa con gravedad mientras dicta las cifras. La “no-
encuesta” avanza, viento en popa.
Ya tienen fotos de los cinco aspirantes; la inteligencia artificial hizo lo suyo para mejorar la
imagen del cliente: suavizó arrugas, disimuló canas, redujo papada y añadió un brillo en los
ojos que lo hace aparecer como superhéroe de la Marvel.
Las fotos de los competidores lucen deslavadas; alguno sale con los ojos cerrados, la boca
abierta, mirando al suelo o con muecas estridentes.
—“¿Porcentajes?”, pregunta el joven, mirando por encima de los anteojos.
—“Pues, ¿cómo ves?, yo creo que a mi primo le pones un 43%, por lo menos. Me encargó
mucho que lo ubiquemos a una distancia perrona sobre los demás. Sobre todo al #hdspm que
disque va adelante. A ese ponlo mero abajo, dale sótano, nomás 3 puntos o menos. El resto,
ahí acomodaditos, pura media tabla, muy lejos del nuestro. Que se sienta el apoyo, ¡chingao!…”
—“Oye, y si nos pregunta la gente del gobierno, ¿cómo lo vamos a justificar?”, dice el
informático…
—“No hay pex, no me hagas encabronar, son resultados, entiende, re-sul-ta-dos. Olvida esas
fregaderas de metodología y diseño de la muestra. Aquí no hay autores, ni RFC, ni registro de
nada. Nomás invéntate un nombre que suene chingón para la agencia: Metrogaláctica y
Asociados, algo así, échale imaginación.”
—“Pero nos pueden preguntar…”
—“¿A quiénes?, a ver, dime. Aquí no hay página web, ni dirección, ni calle, ni número de casa a
donde mandar un citatorio; ni teléfono, ni correo electrónico. Eso sí, que los porcentajes de mi
gallo salgan grandotes y los colores chillantes; que te ardan los ojos, como aquel cartelón de
los Tucanes que vimos en la feria, ¡que se vean las ganas de cobrar!”
—“¿Y cómo le hacemos pa ́ que no nos identifiquen?”
— “Distribúyelo al principio en cuentas anónimas, las apócrifas que ya tenemos en redes, pero
en todas las redes, no te apendejes. Duro con eso. Yo me encargo de que algunos amigos le
den revuelo, incluyendo el whatsapazo de rigor. La contratación de bots es asunto mío. De eso
pierde cuidado…”
NÚMEROS Y PROPAGANDA
Sin duda, algo peor que los estudios adulterados al gusto del aspirante son aquellos que ni
siquiera merecen ser llamados “encuestas patito”. En todo caso, “resultados patito”, que es muy
distinto.
Y más lejos todavía: no hay empresa. Ni una relación entre quien vende y quien compra la
mentira, la fantasía, el embuste numérico. A menudo es la misma persona, un ayudante,
empleado irregular, pagado a destajo.
Entre otras cosas, por la facilidad que ofrece la herramienta del cómputo. Las aplicaciones de
diseño que brindan un servicio gráfico prácticamente instantáneo, con ayuda de la IA y (si
acaso) un ligero retoque del viejo Photoshop.
Y también la distribución de resultados mediante el clandestinaje de las cuentas anónimas, sin
que autoridad alguna las frene, acaso por estar los gobernantes más preocupados por los
memes que por la falsificación de la realidad con fines electorales.
Cuando la propaganda se disfraza de encuesta, lo hace, sobre todo, para relativizar los
sondeos favorables de los competidores. El disparate estadístico vulnera la credibilidad de
todos, al grito de “tu palabra contra la mía”, “tus números y los míos”.
La verdad pierde cuando se le promedia con los embustes. La gente tiende a promediar casi en
automático, buscando el punto equidistante. Lo cual les baja puntos a los estudios bien
fundamentados, cuando se observan mezclados con patrañas fraguadas desde un escritorio. O
mesa de cantina.
ATRASO POLÍTICO
Ciertamente, leyes y reglamentos electorales establecen que quien elabore o encargue
cualquier encuesta está obligado a entregar una copia del estudio completo al INE (en
Tamaulipas, el IETAM) dentro de los cinco días siguientes a su publicación.
El informe de cualquier estudio debe incluir metodología científica, población a la que se dirige,
diseño y tamaño de muestra, margen de error, fechas de levantamiento, cuestionario y costos,
identificando claramente a tres figuras: quién patrocinó, quién la realizó y quién es el
responsable de su difusión.
Y aquí es donde los “resultados patito” (con o sin encuesta, con o sin empresa ejecutora)
operan exentos de toda responsabilidad. Empezando con seducir a sus clientes, al generar una
expectativa cercana al pensamiento mágico. Invocarlo para que suceda. Narrativa ficticia que
se vende como ciencia.
La mentira, cuando es premeditada, exige ausencia de escrúpulos y, por supuesto, quien pague
por ella. No hay datos duros que defender, porque la encuesta jamás existió. Lo que vende son
gráficas brillantes, coloridas.
Acaso para combatir dicha farsa debieran llamar a cuentas al candidato o líder partidista que
presuma resultados sin sustento, cuando estos son citados en alguna declaración, discurso o
comunicado.
Al final de cuentas, la asignatura pendiente vendría de preguntar por qué imposturas tan
flagrantes tienen impacto en la gente. ¿Incultura política?, tal vez; credulidad popular entre una
masa de electores aún vulnerable a la simulación, el engaño.
Columnas anteriores:
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