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Gesta deportiva

  • noviembre 1, 2026
  • 9:59 am

EL FARO

FRANCISCO DE ASÍS

 

Viví dos años en la Ciudad de México, en un pequeño fraccionamiento cerrado donde mis vecinos me hicieron sentir bienvenido. Mucho tuvo que ver mi buen amigo Daniel, excompañero de trabajo, muy querido y respetado por todos.

Una tarde llegó a casa para invitarme a jugar softbol al día siguiente.
—¿Vamos a jugar entre los que vivimos aquí? —pregunté.
—No, hay una pequeña liga en esta zona. Allí vamos a jugar.
—Oye, pero eso ya suena formal. ¿No va a haber práctica? Yo nomás he jugado béisbol llanero.
—Tú no te preocupes. Mira, aquí te traigo tu uniforme.

Era blanco, con vivos rojos. No me dio oportunidad de decir nada más.
—Mañana paso por ti al cuarto para las siete.
A las siete ya estábamos en el campo. Bien cuidado, rodeado por una pequeña cerca de madera verde y con unas gradas detrás del bateador para los familiares y amigos.
Un señor cincuentón calentaba el brazo. Seguramente sería el lanzador contrario. Viendo la velocidad de sus pelotas, se me antojó que podríamos pegarles sin misericordia.

Marcos, quien llevaba la voz de mando, nos asignó posiciones. A Beto Rivadeneyra, que según los compañeros nunca había jugado ni a la matatena, lo escondieron en el jardín derecho, al fondo del campo.
Mi uniforme me quedaba algo grande. Marcos me miró de arriba abajo.
—Mañana vas con el sastre a que te lo arregle.
Empezó el juego. Nos tocó batear y aquellos lanzamientos bobitos se convirtieron en misiles de bazuca. ¡Con qué fuerza tiraba el señor! Los primeros dos compañeros no pudieron pegarle a la pelota; el tercero apenas la rozó y también quedó eliminado. Nuestro turno terminó prácticamente sin pegarle a la pelota.
Cuando les tocó batear a ellos, Marcos se acercó a Emilio, nuestro lanzador.
—Haz que la pelota llegue al bateador. Si no, nos castigan —le dijo casi en un murmullo.
Se iba a retirar cuando añadió:

—Alinéate la media. La traes toda torcida.
Afortunadamente, sólo nos anotaron tres carreras.
Volvimos a batear. El primero quedó eliminado sin tocar la pelota. Marcos se me acercó otra vez.
—Mañana vas con el sastre. Se te ve mal.

En eso, el pitcher del otro equipo, el de los misiles, se resbaló y se torció un tobillo. Nunca pensé sonreír porque le pasara algo malo a alguien. No pude evitarlo.
El nuevo lanzador era como el nuestro. Se habían emparejado las cosas.
Así llegamos al último turno de los contrarios. Ganábamos diez a nueve. Habíamos llegado vivos, entre las constantes recomendaciones de Marcos para arreglarnos el uniforme y enderezarnos las medias.
Había dos corredores en las bases. Si ambos llegaban a home, hasta donde estaba el bateador, anotarían las dos carreras necesarias para ganarnos. Todavía teníamos que eliminar a dos jugadores para terminar el partido.

El bateador mandó una pelota por el aire hacia donde estaba Beto Rivadeneyra.
Era un elevado corto. Beto empezó a correr. La pelota descendía y él aceleraba. Parecía que no alcanzaría a llegar. Estiró el brazo con el guante y…
¡La agarró!

Con aquella atrapada habíamos eliminado a uno. Faltaba otro. Beto tenía que devolvernos la pelota para impedir que avanzaran los corredores.
Pero siguió corriendo.

Ante el estupor de todos, cruzó el campo, salió por una pequeña puerta de la cerca, subió a las gradas y llegó hasta donde estaba Beba, su mujer.
—¡Vieja!, ¿Vieja!, ¡La agarré! ¡La agarré! ¡La agarré!
La abrazaba eufórico. Ella celebraba con él.

Nosotros, desesperados, le gritábamos que nos aventara la pelota, El celebraba.
Mientras tanto, los dos corredores contrarios habían avanzado por las bases hasta anotar.
Estábamos tristes, habíamos perdido.
Marcos nos reunió. Dijo que no nos preocupáramos, que había estado bien, que de hecho estuvimos a punto de ganar.

Después se puso serio.
—Lo que sí les voy a pedir es que se sacudan el uniforme y se lo arreglen. Podemos perder un juego. No la clase.
Muchos años después me encontré a Beto Rivadeneyra en Plaza Polanco. Yo había ido a la Ciudad de México por un asunto de trabajo. Nos saludamos con mucho gusto y me invitó a comer.
—Nada más déjame hacer algo en la oficina. Ven, acompáñame.

Una de sus ayudantes me acomodó en una pequeña sala. A los pocos minutos apareció Beto.
—Mira, pásale. Esta es mi oficina —dijo orgulloso.
Era amplia, iluminada, bien decorada. Tenía un gran escritorio y, sobre él, en una bella base de madera, cubierta por un cubo de cristal:
La pelota.

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