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La resurrección del pragmatismo

  • noviembre 8, 2026
  • 7:50 am

El mundo de nunca jamás

Pedro Alfonso García Rodríguez

 

La carrera espacial y de Inteligencia Artificial que prevalece en el mundo, alimentada desde Silicon Valley, revivió una etapa de la historia en las últimas dos décadas que parecía superada y que revivió en la era de Donald Trump.

La sociedad inmunológica, polarizada políticamente en el debate favorito de las elites entre socialismo y capitalismo y todo el espectro político que alimenta a maquinarias tan eficientes como el fascismo como mecanismo de control social.

Principalmente en una era de reconfiguración tecnológica, social y laboral de prácticamente todas las sociedades del planeta. Un nuevo orden mundial provocado por la consolidación del metaverso, el despegue del multiverso y el nuevo orden laboral implementado por el acentuado desarrollo tecnológico que ha superado cualquier pronóstico apocalíptico y/o de ciencia ficción.

Estados Unidos, el país hegemónico en el orden mundial, enfrentó y confrontó sus versiones del mundo en alianza o desencuentro con el actualmente establecido, y que en los recientes años quedó desmoronado por el rumbo al que dirigía a la humanidad y al planeta, al borde del colapso.

El capitalismo salvaje que alimentó esa misma hegemonía colapsó, pero la concentración de riqueza que logró en la última etapa de la Guerra Fría y la consolidación de su hegemonía siguió presente, y su destino se dio en alimentar a la elite de Silicon Valley, en hibridar una permanencia al menos parcial del modelo agotado o, en su defecto, continuar sin ningún contrapeso, tal como lo intentó y sigue intentando el gobierno de Donald Trump en Estados Unidos.

El capitalismo salvaje, la sobreproducción, sobreexplotación, el constante intervencionismo en otros rincones del planeta, la provocación deliberada de conflictos internos e internacionales, todo lo que permitiera tejer nuevas redes de intereses y de negocios, como lo mantuvieron hasta la crisis económica de 2008.

Esa etapa de Estados Unidos y del planeta en la que Donald Trump consolidó su fortuna y su posicionamiento como una figura pública de renombre, que años después lo catapultarían a la presidencia de Estados Unidos y a su viraje ideológico saturado de dogmas incoherentes.
El cambio de modelo para trasladar todo el motor industrial a la región de Indochina y cómo un régimen comunista en el aspecto político entró, en el aspecto económico, al modelo de capitalismo salvaje, al grado de concentrar prácticamente todo el motor industrial mundial, y la manufactura en Latinoamérica.

Todo alimentado por una industria de los hidrocarburos que generó áreas de prosperidad y el sustento de gobiernos, paraestatales y corporativos que trazaron todo el desarrollo del siglo XX hasta la fecha.

Y sus estragos para la detonación de conflictos bélicos, intervencionismos y el aumento en la emisión de gases que provocarían el cambio climático, y las restricciones que emprendieron los gobiernos en distintas partes del mundo, con epicentro en la Unión Europea.

El inminente declive de una industria sobrerregulada propició la radicalización de los sectores conservadores alimentados por esa misma industria, al borde de llevar al Partido Republicano a un extremo de ultraderecha.

Y Donald Trump, como representante de ese modelo, enarboló su causa y dio por terminada una era en la vida pública de Estados Unidos conocida por la pluralidad y su impulso por la formación de una sociedad global.

Al interior, las hostilidades a la comunidad inmigrante, principalmente a los de ascendencia latinoamericana, específicamente a la mexicana. Además de culpar al gobierno mexicano primero por permitir la inmigración y después por su relación con los cárteles de la droga, a los que culpó de la epidemia de drogadicción que prevalece en algunos sectores de la población. Al grado de considerarlos como grupos terroristas.

Y una excusa para extender su agenda antinarcotráfico en otras partes de Latinoamérica, como Colombia, Ecuador y evidentemente su intromisión en Venezuela con la captura de Maduro.
Al interior, ICE intensificó la persecución de inmigrantes en una emulación de la Gestapo. El uso excesivo de la fuerza queda en el registro sobre el atropello a los derechos humanos elementales que exige cualquier individuo.

Y si uno de los principales árbitros para la protección de los inmigrantes era la ONU, su parálisis, producto de los recortes a los que fue sometida, le restó presencia y relevancia sobre las condenas a los excesos cometidos en materia migratoria por parte de la administración de Donald Trump.

La guerra de Rusia con Ucrania inició la primera crisis al interior de la ONU; la invasión de Israel a Gaza sería otro punto de inflexión, principalmente por el respaldo que le dio la administración de Trump al gobierno de Benjamin Netanyahu.

Con el control total del Capitolio, cualquier ocurrencia era aterrizada en una realidad, y los filtros para evitar conflictos de escala global se redujeron a reclamos dispersos entre un Partido Demócrata herido de gravedad tras la catástrofe electoral que le entregó de nuevo la presidencia a Trump.

El cambio repentino de Joe Biden a Kamala Harris esfumó cualquier posibilidad de los demócratas y sería el inicio del fin de una generación de demócratas mayoritariamente de origen anglosajón, pese al hecho histórico de que Estados Unidos tuvo a su primer presidente afrodescendiente.
Y pese a la existencia de una nueva generación de políticos de origen inmigrante a los que se les otorgaron espacios, pero no posibilidades de ascender en sus carreras políticas.

O al menos hasta la reciente elección intermedia de Estados Unidos, en la que el Partido Demócrata parece terminar con la perpetuidad de una elite mayoritariamente anglosajona y la emergencia de nuevas figuras que comienzan a romper con los estereotipos de los candidatos que suele presentar el Partido Demócrata por sus perfiles, pero con el pragmatismo de un discurso menos apegado a su plataforma ideológica mantenida al menos desde el final del gobierno de Barack Obama.

Y, al menos en el discurso, evitar a toda costa revivir el debate de las medidas de Bienestar Social impulsadas desde Obama a un aterrizaje realista sobre el actual panorama mundial y de Estados Unidos frente a las nuevas problemáticas y oportunidades de un mundo cada vez más emergente.

La crisis económica global con su constante impacto en la estadounidense, los retos geopolíticos globales y comerciales ante la cada vez mayor hegemonía de China.
La carrera tecnológica espacial y de la Inteligencia Artificial que han detonado nuevas áreas de prosperidad, como en el sur de Texas por la carrera espacial, y el poder concentrado desde Silicon Valley por el nivel de complejidad que toma el desarrollo de sus tecnologías como la Inteligencia Artificial. Y el nivel de riesgo al que se ha expuesto la humanidad por las pocas o nulas regulaciones y, al contrario, el afán de Trump por ganar la carrera de la IA.

En contra de un rival como China, con un menor grado de innovación, pero una capacidad de infraestructura superior para abastecer de suficiente energía y con la suficiente capacidad para el desarrollo de tecnologías como los chips, que aún se mantienen en una crisis mundial de desabasto.
Y tras obtener el control de la industria petroquímica venezolana además de su producción interna, sólo basta el control de las rutas de distribución. Los ataques a Irán bajo el argumento de la alta posibilidad de que se encuentren desarrollando armamento nuclear.

El asesinato del ayatolá Alí Jamenei y de su familia mantiene un conflicto abierto que hasta la fecha mantiene bloqueado el estrecho de Ormuz.
Un conflicto cuyos estragos aún no se alcanzan a dimensionar en el aspecto geopolítico, y su impacto económico lo recibió principalmente la clase media estadounidense, la que terminaría por convertirse en uno de los principales objetivos de las nuevas narrativas del Partido Demócrata.
En el caso de Texas, por ejemplo, la figura de la gobernadora electa Gina Hinojosa y de personajes como el cantante Bobby Pulido conecta directamente con una de las comunidades más afectadas por la crisis económica derivada de los conflictos iniciados por el gobierno de Donald Trump.
Además del constante asedio por parte de las autoridades migratorias.

Quedó lejano el discurso demócrata en defensa de un proyecto progresista más enfocado en la diversidad social que en cubrir las necesidades del electorado en general.
Y esa fue una de las principales fórmulas para recuperar el electorado perdido y ganar terreno al escepticismo de los republicanos, cada vez más escépticos o decepcionados de las decisiones tomadas desde la administración de Donald Trump.

Mientras el avance geopolítico de los gobiernos de ultraderecha en Europa y en Latinoamérica avanzaba y representaba uno de los mayores logros del proyecto político de Trump y un sector de los republicanos, al interior del país aumentaba la inconformidad por la subida de tono a la polarización política en Estados Unidos y el descontrol de la inflación.

Y ese es probablemente uno de los principales avances políticos del Partido Demócrata como fuerza política: la capitalización del voto de castigo entre el electorado.
El voto de castigo por el constante atentado a las instituciones democráticas, a las garantías individuales de cualquier estadounidense, a vulnerar el sistema electoral y sembrar entre la opinión pública de impulsar la reelección de Trump.

Además del temor entre la población estadounidense de iniciar conflictos bélicos mayores como una escalada del conflicto con Irán, el aumento o involucramiento de otros actores, al borde de llevar a la humanidad a una catástrofe nuclear que podrían sumar a países como Rusia, India, Pakistán, las Coreas y a China.

En esta nueva etapa de elecciones intermedias, el dominio del Capitolio por parte del Partido Demócrata vaticina una etapa de constantes conflictos con el poder, al menos durante los dos años restantes de la administración de Donald Trump.

Entre los vetos desde la Casa Blanca, los llamados a la rendición de cuentas o a enfrentar la justicia con un posible juicio político que lo paralice legalmente, las restricciones al techo de la deuda que pueden dejar inoperante al gobierno, además de todo lo concerniente a los conflictos internos y externos que exigen una atención inmediata.

Y será probablemente una nueva etapa de debate político y defensa de las instituciones democráticas estadounidenses deterioradas por los excesos cometidos por la administración de Trump y por las impugnaciones de los pasados procesos electorales.

Y evidentemente la agenda bilateral que sostiene actualmente el gobierno estadounidense con países como México puede bajar de intensidad, pero el trasfondo sería el mismo. La situación sobre señalamientos que se han realizado a funcionarios morenistas mexicanos continuaría sin contratiempos.

La intensidad de las acciones emprendidas por el gobierno estadounidense será sometida a debate, pero su solución dependerá de las indagaciones que también realicen los demócratas, que no suelen estar a favor de las autoridades mexicanas.

Por lo pronto, el escenario político estadounidense tendrá la intervención de nuevos actores; el panorama internacional mantendría el mismo nivel de complejidad, pero ya sin el temor de que se tomen decisiones drásticas como las impulsadas por Marco Rubio, al menos en teoría…
Y tal vez sería un área de oportunidad para Estados Unidos para retornar a la era de pragmatismo que imperó en el mundo al menos en la última etapa de la administración de George W. Bush, durante toda la de Obama y al menos simulada con Joe Biden.

Y la vuelta, más allá de virajes políticos del progresismo a la ultraderecha o viceversa, el regreso al pragmatismo y un freno a la “hiperpolítica” de los últimos años.
Que sirviera de ejemplo en otras partes del mundo, como en México, con una 4T empeñada en desaparecer las instituciones democráticas.

Y, al final, en el regreso del pragmatismo, no existe un modelo más recurrente al pragmatismo y a la conciliación que la democracia, que en distintas etapas de nuestra historia reciente, ante los excesos cometidos desde el poder, suele ser el punto de partida aunque más bien ser también el destino final de cualquier proyecto político en cualquier rincón del planeta…
@pedroalfonso88

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