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Maestros y aprendices

  • octubre 4, 2026
  • 8:15 am

EL FARO

POR FRANCISCO DE ASÍS

 

«En tiempos de cambio drástico, son los que aprenden quienes heredan el futuro; mientras que los instruidos se encuentran perfectamente equipados para vivir en un mundo que ya no existe.»
—Eric Hoffer

Imagina que eres un chamaco de quince años. El mundo apenas toma forma ante tus ojos y, de pronto, por un guiño del destino, en forma de un golpe de audición, te sitúan en el centro de un escenario monumental.
A tu lado hay un actor. No: un semidiós. Un gigante que lleva décadas esculpiendo la historia del cine.
Para el niño mexicano Eduardo Minett, de catorce años, en 2021 fue Clint Eastwood. Para Rob Brown, de quince años, en el año 2000 ese gigante fue Sean Connery.

Cualquiera envidiaría la oportunidad. Es el boleto que millones buscan durante toda una vida y jamás encuentran. Pero estar allí, bajo los reflectores, compartiendo escena con leyendas de ese calibre, también significa caminar sobre el filo de una navaja: o creces a su lado o desapareces bajo su sombra.
La historia del cine cruzó a estos dos muchachos bajo circunstancias extrañamente paralelas, aunque los resultados fueron distintos.

Brown, un joven afroamericano de Brooklyn; Minett, un adolescente mexicano que había trabajado principalmente en televisión. Ninguno tenía el oficio ni el colmillo de Hollywood. Sin embargo, ambos tuvieron el valor de plantarse frente a la cámara.

El cine, sin embargo, es un arte de equipo y la suerte de un actor primerizo suele estar encadenada a la pluma de quien escribe. El actor necesita no sólo talento, sino también un personaje, un director y, sobre todo, palabras que le permitan construirlo.

En Descubriendo a Forrester, Rob Brown las tuvo.
Hay una escena que contiene buena parte del corazón de la película. Jamal, el personaje de Brown, está sentado frente a una máquina de escribir.
—Estoy pensando.
Forrester lo interrumpe:
—No. Pensar viene después.
Y entonces le enseña que el primer borrador se escribe con el corazón y después se reescribe con la cabeza.
No escribe por él. No le dice qué debe pensar. Le enseña algo mucho más importante: a encontrar su propia voz.

Es lo que hace un maestro.
El guion de Descubriendo a Forrester permitió que Connery y Brown se desafiaran mutuamente. Había fuego en aquella relación. El viejo escritor enseñaba al muchacho, pero mientras lo hacía también comenzaba a aprender de él. El maestro modificaba al aprendiz y el aprendiz, sin proponérselo, rescataba al maestro.
Veintiún años después, Eduardo Minett encontró a otro gigante.

En Cry Macho, Clint Eastwood tenía 91 años. Minett, catorce.
La película no busca la tensión intelectual ni la riqueza de diálogos de Descubriendo a Forrester. Es otra clase de historia: más lenta, contenida, construida sobre silencios y sobre un viejo vaquero que intenta conducir a un muchacho hacia un destino distinto.

Mike Milo enseña a Rafo a montar a caballo y, en determinado momento, le dice:
—Mira hacia dónde vas y ve hacia donde estás mirando.
Parece una simple instrucción para montar.
No lo es.

Forrester enseña a Jamal a encontrar su voz. Mike intenta enseñar a Rafo a encontrar un rumbo.
Brown tuvo un guion que le permitió crecer dramáticamente frente a Connery. Minett enfrentó otra prueba: sostener un personaje con menos palabras frente a los 91 años de mitología que Eastwood arrastraba con sólo aparecer ante la cámara.

Después vino la vida.
Brown construyó una carrera que incluyó películas como Coach Carter y series como Treme, Blindspot y We Own This City.
Minett, todavía muy joven, sigue construyendo la suya. Lo oí tiempo después en una entrevista con Fernanda Familiar. Ella le preguntó cómo se dirigía a Eastwood.
—De tú. Él me dijo que lo llamara Clint, no señor Eastwood.
Y durante toda la entrevista fue Clint.

Seguía siendo, en buena medida, un niño. Tenía toda una vida por delante, mucho que aprender y muchos caminos que recorrer. Pero cada vez que pronunciaba aquel nombre había algo en su voz: orgullo, admiración, gratitud.

Como quien sabe que el destino le ha regalado un tesoro y lo guarda en su alma.
Ninguno recibió una garantía.
Encontrarse alguna vez frente a un gigante no asegura convertirse en uno.
Aquellas dos películas dejaron esa lección. Un maestro puede mostrar el camino, exigir, provocar, corregir; incluso, durante un instante, ofrecer la seguridad que al aprendiz todavía le falta.
Pero no puede caminar por él.

La vida, a veces, nos arroja una oportunidad enorme. Nos hace temblar las piernas. Nos expone frente a alguien que sabe mucho más, que ha recorrido caminos que apenas sabemos que existen.
Entonces, sólo queda decidir qué hacer con ella.
Eduardo Minett y Rob Brown escucharon alguna vez la misma palabra:
—Acción.

Siendo casi niños.
Miraron a aquellos semidioses a los ojos, pero no retrocedieron.
Ese solo acto de valentía es un triunfo que nadie podrá arrebatarles jamás.

 

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Grupo Editorial Expreso – La Razón

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